Lectura de comprensión.

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  • Lectura de comprensión

  • Lectura de comprensión para nivel bachillerato.

  • Age 14-15

  • level: Bachillerato

  • Spanish

Author's Instructions

Era una tarde calurosa, de esas en que las nubes empiezan a vestirse de gris porque se avecina un aguacero. En casa, las lluvias ponían un ritual en movimiento. Mami, que sembraba café y cosechaba sueños y leyendas, nos decía que la lluvia se llevaba las impurezas y el dolor. El dolor lo teníamos de sobra, así que me encantaba que llegara la lluvia. Y mami decía que de las impurezas también teníamos una buena porción, aunque yo no sabía muy bien qué era eso. Para mí las impurezas no eran más que las manchas de tierra que se formaban y crecían en los vestidos que cada una heredaba de las hermanas mayores.

Una tarde, cuando apenas despuntaba el mes de mayo, mami entró corriendo a la casa, descalza, y empezó a revolcar el canasto de ropa. Sacó el vestido más viejo que encontró y se lo puso. —¿Y ustedes qué esperan? —preguntó. Nosotras nos miramos confundidas. Lucía soltó la caja con la que estaba jugando—. Vamos, vamos. Quítense la ropa. Mami levantó del piso a Mariana y le quitó el vestido con un solo movimiento. Nosotras nos reíamos mientras nos despojábamos de vestidos y preocupaciones. Mami llevó a Mariana afuera justo a tiempo para recibir las primeras gotas de lluvia, que le cayeron en la cabeza y le rodaron por la cara. Mami se las frotó por el pelo y regresó a Mariana al piso.

Las nubes grises galopaban a través del valle. Las plantas que teníamos alrededor parecían brincar bajo la lluvia.

—¡Vengan! —nos gritó mami—. Rápido —Pero está lloviendo, mami —protestó Librada, como solía protestar. —Sí —contestó mami—, y te vas a mojar, mi amor, porque es la primera lluvia de mayo. Si uno se moja con la primera lluvia de mayo, tiene buena suerte. Cuando terminó de hablar, yo ya estaba a su lado. Era la lluvia, capaz de quitar los dolores y los miedos y las manchas de tierra de los vestidos. Mami cerró los ojos y dejó que la lluvia le cayera encima. Giraba conmigo y con Clara y con Rita y cantaba las canciones de cuna que nosotros habíamos escuchado de ella y que ella había oído de abuela, tal vez bajo la misma lluvia que nos mojaba ahora y nos traía suerte. El techo de zinc se unía a nuestro coro, repitiendo dos y tres veces cada gota que lo golpeaba. Y las gotas también formaban nidos en la tierra, que las necesitaba tanto como nosotras. Al fondo, las nubes negras coronaban la montaña y yo, mientras cantaba por fuera, por dentro les rogaba a las nubes que se tardaran, que no siguieran su curso hacia los valles y los mares, que nos acompañaran unos minutos más, para oír a mami cantar, para verla bailar.